Editorial: Tigres es campeón… debemos replantearnos el concepto de grandeza

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Tigres es el equipo más ganador de la década, ha jugado 12 finales y su afición es ejemplo de fidelidad. Es imposible negar que están en camino a ser “grandes”.

Tigres dejó de ser el equipo que causaba lástima al borde del descenso, el desconocido al que todos goleaban. Hoy es el que llena estadios hasta para jugar un interescuadras y provoca el enojo de los rivales por acaparar lo mejor disponible en el mercado, aunque no lo necesiten.

“Tigres, equipo chico”, dicen mientras temen al día en que sean superados… o al menos alcanzados.

¿Qué es entonces la grandeza? Bueno, depende quién lo defina. En México no hay un  “rey inalcanzable” en cuestión de campeonatos locales, como sí existe en Gran Bretaña con el Manchester United (20) o en Italia con la Juventus (35), tampoco hay grandes logros internacionales a considerar. De otro modo, Pachuca, único campeón de la Sudamericana, tendría ese honor.

No es mentira que el equipo de la UANL está todavía lejos del América y de Chivas, hasta de Toluca con las diez estrellas, pero ya empató a Pumas, cuya memoria es el único aval para mantener la etiqueta después de 8 años sin título y acecha al Cruz Azul de los 21 años de tristeza.

Si la afición siempre ha sido factor de rechazo para cualquiera que busque la “grandeza” bajo sus términos”, ¿por qué negársela a Tigres que no tiene necesidad de regalar boletos para “calentar” el estadio? El equipo de Ferretti reniega al espectáculo, pero hallar un boleto en taquilla es considerado milagro.

¿Ser odiado es ser grande? América lleva con orgullo la bandera del despreciado, lejos de preocuparle la antipatía, suma adeptos por negarse al cariño. Tigres también quiere robarles el puesto y si no lo creen, miren a Nahuel Guzmán. El portero no puede pararse en una cancha rival sin ser abucheado, esa personalidad que vale doble bajo el marco.

La cuenta de goles de André Pierre-Gignac ya rebasa el centenar y en su palmarés cuenta 4 títulos de Liga MX. Desafiante e intocable dentro de la cancha y un amante de México fuera de ella, el estereotipo del ídolo que los rivales anhelan en silencio.

Resulta que cada que Tigres levanta el título, las formas son más importantes que nunca. Le exigen a Ricardo Ferretti el espectáculo apenas perceptible en unas cuantas jornadas de las 17 totales en cualquier otra cancha. Un equipo “timorato”, “mediocre”, “ratonero” que, guste o no, ha aprendido a jugar con el sistema de competencia.

Tigres es campeón con apenas 4 goles en la liguilla, inédito y pobre, pero campeón a fin de cuentas. ¿Cuánto le falta para ser “grande”?

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